miércoles, 22 de noviembre de 2017

Un almuerzo con Fidel



Madelín Ramírez
   Raquel Enrique Cepero y su esposo amanecieron aquel día como cada mañana, preparando la leña para ablandar los frijoles y adobando la carne de cerdo para el asado. Debían además cocinar el pollo, pelar los plátanos, escoger el arroz y lavar los vegetales para la ensalada.
   Sobre las once de la mañana, como de costumbre, llegarían los visitantes.  El restaurante La Casa del Campesino, en Las Terrazas, hoy provincia de Artemisa,  donde el matrimonio trabajaba y vivía desde hacía algunos años, era ya conocido por la excelente comida criolla que aún ofertan.
   Raquel no sospechaba entonces quiénes serían los comensales hasta que su esposo la alertó. La campechana cocinera empezó a temblar cuando lo vio frente a sí y todavía hoy se emociona cuando rememora el instante en que Fidel le preguntó qué estaba cocinando.
   El Comandante no viajaba solo ese día de marzo del año 2000, le acompañaban el dramaturgo y guionista estadounidense Arthur Miller, la fotógrafa de origen austríaco Inge Morath, el novelista y ensayista William Styron, y el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez.
   En una pared de la sala cuelga el cuadro de Fidel, abrazando a la pareja. Raquel sonríe y cuenta que ellos pidieron hacer esa foto, pero fue el propio Fidel quien llamó a los demás para que también se retrataran.
   Casi 18 años después llegamos a su cocina y ahí está ella. Mientras limpia el arroz para almuerzo accede a la entrevista. Sus manos continúan la faena ininterrumpidamente como quien escoge entre los granos los pedazos de recuerdo. Los ojos le brillan y la voz simpática y tierna hipnotiza a los entrevistadores.
   Ante la pregunta de cuál fue el secreto del menú aquella tarde, confiesa  que la comida criolla necesita ese sabor peculiar que da el fogón de leña, algo imposible de atrapar con la modernidad.
   Sin haber pasado jamás un curso de cocina, la encantadora guajira insiste en que la magia está en ponerle amor a todo lo que se hace.
   Está segura de que aquella delegación de grandes artistas que acompañaron a Fidel percibió ese ingrediente y hasta la propia naturaleza se sumó al festejo.
   Nos acababan de poner la luz eléctrica y hacía como seis meses que no llovía, pero ese día llovió, Fidel y sus amigos estuvieron aquí  desde la una hasta las cinco de la tarde y nosotros no lo podíamos creer, concluyó.      

El hombre de las causas justas




Bárbara Vasallo
   Los gritos de aquella mujer negra en el barrio La Pista, de Jagüey Grande,  resonaban al viento; se quedó sin casa ante el embate del poderoso huracán Michelle, el fatídico cuatro de noviembre de 2001, y el presidente de Cuba entraba por lo que fue la puerta...
   Fidel Castro, al domingo siguiente,  visitó el Consejo Popular del histórico Central Australia. Amable Tobías Casanova, el entonces delegado de la circunscripción 47, informaba al Comandante que los aproximadamente mil habitantes de 82 viviendas quedaron sin techos, ni muebles; pero todos vivos.
  A  la mujer, cuyo nombre escapó a la agenda de esta periodista, le costaba creer que Fidel estuviera parado en lo que fuera la sala de su casa, lo abrazaba y las lágrimas fluían por su rostro, mientras el líder revolucionario con voz segura afirmaba: “Estén tranquilos, se les brindará el apoyo, todo se resolverá…los daños se resarcirán en tiempo récord…”
  Un año después en su nueva casa, más confortable para resistir otros vientos, una inmensa foto que dejaba para la historia el abrazo entre Fidel y aquella humilde mujer constituía el centro de la espaciosa sala.
  Así sucedió una y otra vez, durante ciclones, accidentes, celebraciones… A la provincia de Matanzas llegó el Comandante en numerosas ocasiones, se le podía ver a pleno sol de un domingo de verano proyectando lo que sería la carretera confortable que une a la ciudad cabecera con Varadero, cuando se removían las piedras de lo que sería más tarde el oportuno Viaducto.
  En plena zafra azucarera, detrás de cada detalle de la producción de cítricos en la empresa que, hace 50 años, fundó para el futuro, preocupado por la generación de energía eléctrica, la extracción de petróleo, en el plan de escuelas en el campo, el mayor de Cuba, donde el precepto martiano de estudio-trabajo cobró plena vigencia, así los matanceros vieron a Fidel.
  Con su visión característica inauguró hoteles en la Península de Hicacos, y hacia allí también acudía cuando los fenómenos
climatológicos afectaban el territorio occidental del país, ante los ojos incrédulos de miles de turistas foráneos, que no entendían cómo el Presidente de una nación arriesgaba la vida para intercambiar con ellos.
  En la escuela Marcelo Salado, de Cárdenas, ante el pupitre vacío de Elián, el niño víctima de la Ley de Ajuste Cubano, quien estuvo secuestrado por la extrema derecha cubano-americana de Miami, el Comandante en Jefe aseguró que sería una batalla de la que no quedaría ni trizas del prestigio del gobierno norteamericano, porque la razón estaba de nuestro lado.
   Los vimos asistir a los cumpleaños de Elián, conversar con los niños, inaugurar el museo A la Batalla de Ideas, “único de Cuba y el mundo”.
  En cada jornada la mirada firme de aquel con gorra roja y empapado en sudor me reafirma que el hombre de las causas justas nos acompaña a toda hora.
  -“Periodista - me dijo- estuve en África, fui combatiente internacionalista, cuando usted quiera puede ir a mi casa, o a donde
vive mi madre, tenemos muchas historias que contar, estos son tiempos de no olvidar, la gente tiene que saber, los jóvenes tendrán que seguir, vivo orgulloso de ser cubano, yo también me llamo Fidel…”

miércoles, 18 de octubre de 2017

Abel Santamaría: épica e inspiración



Bárbara Vasallo Vasallo
“…Miras, Abel y se revuelve el hambre de los pobres.
Miras, y arde la libertad de los hermanos secos,
enterrados a pulso frente a los sinsontes…”.
   Esos son versos de Carilda Oliver Labra, fragmentos de su poema Conversación con Abel Santamaría, escritos en 1953, cuando tuvo noticias del destino del joven de la Generación del Centenario, quien junto a Fidel Castro fue al 26 de Julio para librar a la Patria de la ignominia que sembró Fulgencio Batista.
  Más de una vez contó la Premio Nacional de Literatura cómo le impresionó la historia de Abel, a quien torturaron salvajemente los testaferros de Batista. Su emoción al leer en La Historia me Absolverá, alegato de defensa de Fidel en el juicio del Moncada, y su conmoción al enterarse de que al segundo jefe del Movimiento le arrancaron los ojos…
  El poema aparece publicado en el libro Tu eres mañana, sacado a la luz por la editorial Letras Cubanas en 1979, junto a otros textos épicos como el Canto al Moncada, del cual expresó: “Quise ser lo más fiel posible a lo ocurrido allí, por eso hay fragmentos que no son tan poéticos, sino más bien la historia viva escrita en versos…”
  Y es que Abel Santamaría por su fidelidad, intransigencia y rebeldía, por su amor a la justicia, y su valentía más que demostrada cuando no pudieron doblegarlo ni con la más horrible de las torturas, inspiró a la poeta y los versos retumban todavía, y duelen por la verdad que manifiestan.
  “Aquí convoco
tu córnea interminable
persiguiendo el mal con una lágrima,
la pupila
oráculo de tu hermana,
rebelde,
pariendo luz dentro del polvo…”
  Silvio Rodríguez, trovador contemporáneo que convierte en poesía la realidad, y que sus manos componen en la guitarra lo que cree, dejó también para la posteridad, una de sus preferidas: Canción del Elegido, y de la que dijo una vez que está entre las canciones donde cristalizó una suerte de lenguaje personal…
  En sus innumerables encuentros con Haydée Santamaría, Silvio escuchó hablar del revolucionario cabal, de las reuniones preparatorias para el asalto al Cuartel Moncada, en el apartamento habanero de 25 y O, donde vivían los hermanos, del arrojo del joven y surgió después el tema que todavía piden y repiten miles en los conciertos del creador.
  “Fue de planeta en planeta
buscando agua potable;
quizás buscando la vida
o buscando la muerte
—eso nunca se sabe—…”
   Abel nació coincidentemente el 20 de octubre de 1927, fecha que mucho tiempo después fuera declarada como el Día de la Cultura Cubana, ahora cuando se cumplen 90 años de su natalicio, los jóvenes de esta Isla rendirán tributo a su memoria; lo traerán a este tiempo en cada nueva ofensiva contra la injustica, por el mejor mundo posible que predijo Fidel.
  El “Elegido”, hombre del Moncada, junto a sus hermanos es fuente inagotable de épica e inspiración, si no que lo digan los versos y acordes de Silvio, ahora y por siempre:
“… Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.
La última vez lo vi irse entre humo y metralla,
contento y desnudo. Iba matando canallas
con su cañón de futuro…”  

lunes, 16 de octubre de 2017

La aprobación inequívoca de la Historia



Martha Gómez Ferrals
 “ ¡Condenadme, no importa, la historia me absolverá!”, fue el aserto del joven líder y abogado Fidel Castro en su alegato de autodefensa el 16 de octubre de 1953, desde las mazmorras de la tiranía de Fulgencio Batista, donde se le juzgaba por su participación y dirigencia en el ataque a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.
   La convicción de la justeza de la causa inspiradora de sus acciones quedó impresa en aquella valiente y célebre proclama de un revolucionario. Resonó para siempre en la sala de estudios de la Escuela de Enfermeras del Hospital Civil Saturnino Lora, en el territorio santiaguero.
   Pero su alegato era algo más que el desafío noble de la juventud revolucionaria cubana y de quien más tarde probaría que se trataba de un ser extraordinario. Su contenido, bien documentado, con los requerimientos técnicos que su profesión le ofrecía convirtió al acusado en acusador.
  Contenía la denuncia más contundente a la situación político, social y económica imperante, causante de la extrema pobreza de la mayoría del pueblo, la desigualdad social, y el entreguismo a monopolios y gobierno foráneo (Estados Unidos), asesor por entonces de los torturadores y asesinos del dictador Fulgencio Batista, ciego y sordo a sus monstruosos desmanes.
   Cifras puntuales y porcentajes, ilustradoras de sus argumentos, eran irrefutables.
   Al mismo tiempo ese proyecto daba a conocer la voluntad de aquella hornada combativa, autodenominada Generación del Centenario, en homenaje a los 100 años de los natales del Apóstol de la Independencia, José Martí, de acabar con tanta ignominia, cuando triunfara su lucha, tarde o temprano.
   También esbozaba planes y sueños, y  tuvo el nombre de Programa del Moncada, porque trazó a su vez la luz larga que sabía darle Fidel a su visión de futuro y el profundo compromiso que desde entonces estaba asumiendo.
    Y aunque muchos años después el líder de la Revolución dijera que lo logrado por el pueblo había superado con creces los sueños de entonces, los cubanos se han apegado a La Historia me Absolverá  -su nombre más conocido e internacional- como el documento-ideario precursor que marcó la pauta desde diversos ángulos y hacia múltiples directrices.
   De nada valieron los intentos del tirano de aislar a Fidel e impedir que hablara. El 21 de septiembre, él estuvo en la primera vista del proceso junto al resto de los asaltantes, en el Palacio de Justicia, pero una maniobra lo excluyó del grupo, a fin de juzgarlo por separado, pensando que esto le añadiría indefensión ante el proceso.
   A pesar de los obstáculos interpuestos, denunciados valientemente por Melba Hernández, Fidel pudo aparecer en el juicio investido con su toga de graduado. El tiro les salió por la culata a sus mañosos y en su mayoría asesinos carceleros. Y la vida, la transparencia de su causa y sobre todo su obra inmensa, dieron oportunidad a la Historia para que lo absolviera. Eso ya lo   sabe hace mucho tiempo el pueblo cubano.
   La Historia me Absolverá fue impresa y distribuida con sacrificios  y celo, de manera clandestina por compañeros del movimiento 26 de Julio posteriormente.
   Inmediatamente se comprendió que la estatura moral y política, las agallas y las capacidad de aglutinar a su alrededor a lo mejor de la juventud y el pueblo cubano, lo señalaban como el hombre que la Patria dolida estaba necesitando.       
   El autor de semejante alegato y protagonista de la acción del Moncada no defraudó nunca a los que depositaron su confianza en él y a partir de entonces lo siguieron.
   Después de su condena a la prisión de Isla de Pinos, junto a otros combatientes, no dejó de estudiar, ni de prepararse. La fuerte presión popular obligó al dictador a liberarlo, pero tuvo que marchar al exilio. Fue a México, como es conocido y desde allí organizó una expedición audaz de 82 combatientes, que lo haría fundar el Ejército Rebelde, en las montañas orientales de la Sierra Maestra.
   El combate, iniciado a fines de 1956, obtuvo su triunfo militar general en enero de 1959 y empezó entonces el proceso difícil, telúrico y hermoso, jubiloso y a veces doloroso, de hacer la Revolución  Con todos y para todos. En cada paso, la Historia le dio la razón.

miércoles, 11 de octubre de 2017

El Che, maestro en medio de la guerra



Magaly Zamora
   Cuando Virgilio Bernardino Jiménez Rojas regresó de participar en la guerrilla del Che en El Congo, en el año 1965 no dijo en su casa una palabra acerca de la misión cumplida, pues sabía que era necesaria la mayor discreción y “un secreto militar no se le puede confiar ni a la mujer que uno ama”.
    Solo varias  décadas después de aquella histórica encomienda, en el año 1997,  se atrevió a narrar situaciones y anécdotas que ni siquiera sus hijos le habían oído contar.
    Entre ellas, extraigo hoy de mis archivos una que ejemplifica la visión del Comandante Ernesto Guevara como formador de su tropa y de sus valores como ser humano.
   “Me reuní con el Che en una pequeña loma, donde estaba la comandancia, cerca del lago Tanganica y lo que más me llamó la atención en  esa etapa de preparación fue que buscó una pizarra y el mismo se puso a darnos clases de matemáticas.
   “Algunos no entendían nada, él hablaba de raíz cuadrada y nos quedábamos en blanco, pues el nivel de escolaridad de la mayoría era bajo, pero después comprendí que su objetivo era mantener a la tropa ocupada en algo útil y evitar así la inactividad que podía conllevar a indisciplinas o dispersión de los soldados.”
   Desmovilizado de la Fuerzas Armadas Revolucionarias con el grado de Capitán, Virgilio, o Alasari, como fue su nombre de guerra, contó entonces que entre los congoleses había gente muy buena y valiente y el Che hacía hincapié en que el propósito de los cubanos era pelear pero también educar a aquellos hombres que vivían en medio de la selva.
   Las cualidades de quien se convertiría más tarde en el Guerrillero Heroico hicieron a este mulato fuerte y apegado a la tierra admirarlo no solo como jefe, sino también como compañero y amigo.
   “Era muy serio, pero a la vez muy cariñoso, se sentaba junto a nosotros y compartía la picadura de tabaco. Nos enseñó a fumar con la cabeza de la pipa hacia abajo para que no pudieran descubrirnos por el humo”.
    Las anécdotas de Virgilio constituyeron un momento importante para delinearnos  rasgos del carácter del guerrillero Ernesto Guevara, su compañerismo, espíritu de sacrificio, férrea voluntad y ejemplaridad en todo momento.
    “Con el Che aprendí mucho, sobre todo a valorar el peligro en la guerra y a golpear al enemigo en el momento preciso”.
    El testimonio de este hombre que compartió tantas jornadas históricas con el Che, tiene un valor excepcional y vale la pena volverlo a rememorar.