lunes, 28 de noviembre de 2011

De rojinegro y verde olivo se tiñó la alborada de una ciudad


Aída Quintero Dip
Cuentan los más viejos santiagueros una historia que es parte de su vida misma y de quienes nacieron después: hace 55 años, exactamente el viernes 30 de noviembre de 1956, a las siete de la mañana, Santiago de Cuba era una mezcla de rojinegro y verde olivo, era, como escribió una colega, un capullo abierto.
Un ejército de jóvenes en actitud consecuente con su compromiso y en complicidad con la rebelde y hospitalaria ciudad, ponía al descubierto el brazalete de los colores que recordaban la sangre derramada y el luto que el régimen de Batista había llevado a los hogares cubanos.
Así fue retratado el hecho por protagonistas: “Armas de todo los calibres vomitaban fuego y metralla. Alarma y sirenazos de los bomberos  del cuartel Moncada y de la Marina. Ruidos de aviones  volando a baja altura. Incendios en toda la ciudad. El ejército revolucionario dominando las calles y el ejército de Batista pretendiendo arrebatarle ese dominio. Los gritos de nuestros compañeros, secundados por el pueblo, y mil indescriptibles sucesos y emociones distintas…”
Puntos claves de la acción: la Estación de la Policía, de la Loma del Intendente,  con un intrépido joven al frente, Pepito Tey,  desde donde se hostigaba a los sicarios; otro grupo de 19 combatientes tomaba la Policía Marítima; por la céntrica calle Aguilera se asaltaba la armería de la ferretería Dolores; en osada demostración se iniciaban también acciones contra el cuartel Moncada…
Era el resultado de rigurosas jornadas de preparación en la finca El Cañón y otros sitios; de las acertadas orientaciones  del líder clandestino, Frank País García; de la obtención de armas,  prácticas de tiro y confección de uniformes.
Los objetivos de la acción bien compartimentados, tenían claridad meridiana: atraer la atención del enemigo sobre Santiago de Cuba para apoyar la llegada a costas cubanas de los expedicionarios del “Granma”, dirigidos por Fidel. En ese propósito participaban otros grupos del oriente del país tras la señal de un pueblo insurrecto.
Poco después, el propio Frank describía el hecho: “La población entera de Santiago, enardecida y aliada de los revolucionarios, cooperó unánimemente con nosotros. Cuidaba a los heridos, escondía a los hombres armados, guardaba las armas y los uniformes de los perseguidos; nos alentaba, nos prestaba las casas y vigilaba el lugar, avisándonos de los movimientos del ejército. Era hermoso el espectáculo de un pueblo cooperando con toda valentía en los momentos más difíciles de la lucha”.
Aunque no coincidió con el desembarco del yate, el gesto de una urbe levantada estremeció al régimen. Y la muerte de tres jóvenes: Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada multiplicó el compromiso de lucha hasta la victoria definitiva tras la chispa encendida el 30 de noviembre de 1956, cuando una ciudad amaneció de brazalete rojinegro y de verde olivo.



viernes, 25 de noviembre de 2011

Julita fue útil hasta el último aliento


AÍDA QUINTERO DIP
Cuando declinaba la tarde de este 24 de noviembre una noticia nos golpeó: la pérdida de la entrañable colega Julia Cleger Barthú, quien ejerció durante más de 40 años el Periodismo y fue ejemplo de dedicación al trabajo y perseverancia en la vida.
ïY qué gran vacío nos deja Julita! Quienes la conocimos, admiramos, y aprendimos a quererla, no olvidaremos jamás su extraordinaria  calidez humana, su laboriosidad y el coraje con que enfrentó la vida.
El mejor fruto de su empeño cotidiano,   fueron sus hijos y nietos que  sabrán multiplicarla y honrarla como merece.
Julita había nacido el 2 de agosto de 1948 en Santiago de Cuba, donde en 1964 es seleccionada para formarse como corresponsal de los medios de prensa; un año más tarde se graduó entre los primeros expedientes y comenzó su vida laboral en el periódico Sierra Maestra, en 1968 se traslada a la Radio, dejando su impronta en las emisoras Mambí y CMKC. Luego se desempeñó como redactora-reportera y ocupó cargos de dirección en la Televisión santiaguera.
Se gradúa de Licenciada en Periodismo en la Universidad de Oriente en 1976  y en 2005 de Máster en Comunicación Social, como expresión de un constante afán de superación.
Sus valiosas opiniones eran aleccionadoras en cada intercambio de los periodistas.  Esa vocación de servir y ser útil la acompañó hasta su último aliento.
Militó en las filas de la UJC y en el Partido. Estuvo entre los intrépidos jóvenes de la Alfabetización, dirigió los CDR desde el barrio hasta la  provincia; amó profundamente la Revolución e hizo todo lo que estuvo a su alcance para defenderla en cualquier tribuna. Integró el Comité Provincial del Partido y fue delegada de la Asamblea Provincial del Poder Popular en un período fructífero de su vida. Como muestra de su responsabilidad y reconocida trayectoria presidió el Ejecutivo Provincial de la UPEC desde1999 hasta 2008, fue miembro de su Comité Nacional y asidua delegada en sus congresos.
Participó activamente en la formación de Comunicadores Sociales. Asimismo fue tutora e integró tribunales en la defensa de Trabajos de Diplomas de periodistas de las más jóvenes promociones. Recibió premios en concursos de Radio, Televisión y la UNEAC, además de ser Jurado de eventos nacionales y provinciales del ICRT y la UNEAC.
Su impronta profesional traspasó fronteras, representando a la prensa cubana en coberturas en países hermanos.
Ferviente martiana y ya jubilada, no hubo reconocimiento que la halagara más  que alzarse con el Gran Premio Nuestra América en el Taller Nacional Martí y el Periodismo, auspiciado  por la UPEC de Santiago de Cuba, en febrero de este año, pero más allá de las numerosas condecoraciones que premiaron su entrega sin límites, nos queda  el recuerdo de su exquisito trato y diligencia, y el consuelo de haberla tenido entre nosotros.
Nunca se detuvo. Enferma, seguía trabajando con mil esfuerzos vinculada a la profesión. Ni su salud quebrantada hizo mella en ese espíritu entusiasta y colaborador que la distinguía. Nos fortalece el legado que nos deja Julita porque como dijo José Martí: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.



Huellas femeninas en el levantamiento armado del 30 de Noviembre

AÍDA QUINTERO DIP
Nombres de mujeres tejieron una historia de heroísmo y rebeldía únicos antes, durante y después del levantamiento armado de la legendaria ciudad de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1956, en el mismo momento en que el yate Granma navegaba hacia el futuro.
Rostros femeninos cosieron para el estreno los uniformes verde olivo en el sigilo de la madrugada; a los perseguidos protegieron en armarios, bajo las camas y en los sitios más inverosímiles, abriendo de par en par las puertas de sus casas y también los corazones; listas estuvieron en los botiquines para curar a los heridos en caso necesario; guardaron en los senos y bajo las faldas mensajes indicando peligrosas misiones, con entereza y sin perder la ternura ni la sonrisa, en esos días en que el feroz enemigo no tenía tregua contra todo lo que oliera a revolución, y no hacía distinción de si tenía delante un combatiente con faldas o con pantalones.
Su altruismo en el cumplimiento de cada acción, fue un aporte decisivo que tuvo su reconocimiento, al servir de acicate a los compañeros de armas, quienes se crecían ante la adversidad y los inconvenientes, al comprobar la actitud de ellas, cual herederas de Mariana Grajales.
Fue tanto el derroche de coraje, que cada grupo clandestino ponderó siempre la valentía que mostraban, y se enorgullecía de tenerlas en las células como una combatiente más, independientemente de que los más recelosos tuvieron al principio alguna duda de su efectividad.
Si quisiera sintetizarse su grandeza, en la gesta del 30 de Noviembre, bastarían cuatro nombres muy queridos que bien podrían representar la hidalguía de tantas santiagueras y de historias anónimas de aquellos días de enfrentamiento y riesgo: Haydée Santamaría, Vilma Espín, Asela de los Santos y Gloria Cuadras.
Frank País, como avezado jefe clandestino, avizoró desde el primer momento la trascendencia de su contribución, las aceptó en rol de combatientes y les prodigó el cariño de hermanas;  algunas tuvieron responsabilidades en el Movimiento 26 de Julio como la moncadista, fogueada veterana en la lucha, Haydée, y Vilma con un aval ganado en la pelea; otras fueron propagandistas valiosas  como la periodista Gloria Cuadras, brava, de gallarda actitud, siempre  con su rostro descubierto ante el enemigo.
Ese ejemplo ha sido uno de los legados más imperecederos para las mujeres de estos tiempos, quienes lo han tomado como estandarte para conquistar derechos y espacios; exigir un puesto en la trinchera de hoy, especialmente en el trabajo; ocupar  responsabilidades en frentes estratégicos; desempeñarse en ramas  donde no se les concebía, y sentar pautas de disciplina y dedicación en sus faenas, sin olvidar su condición de madres, esposas e hijas, como forjadoras de las nuevas generaciones.
Si José Martí las hubiera conocido e interactuado con ellas en aquella época, seguramente tuviera que decir de estas valerosas cubanas lo mismo que en una oportunidad manifestó de Mariana Grajales: “Fáciles son los hombres con tales mujeres”.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

“El Fidel que yo conozco”

AÍDA QUINTERO DIP
He leído numerosos artículos que destacan la personalidad del líder histórico de la Revolución cubana, pero entre los que más me han conmovido está El Fidel que yo conozco, de Gabriel García Márquez, concebido desde la perspectiva de un amigo sincero, y a la manera profunda y hermosa que singulariza el estilo del Premio Nobel de Literatura.
Desde la mirada del afamado escritor colombiano, nuestro Fidel se revela más allá de los méritos históricos de haber hecho una Revolución más grande que nosotros mismos, en las propias narices del imperio más poderoso que se haya conocido, y mantenerla erguida, invicta por más de medio siglo, tras forjar una Patria nueva reconocida por sus valores de dignidad y soberanía nacionales.
Seguramente las virtudes que cautivaron a García Márquez son las mismas que aprehendieron a muchos, mas reseñadas desde los afectos y la admiración conquistan diferente dada “su devoción por las palabras, su poder de seducción, va a buscar los problemas donde están, los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo, paciencia invencible, disciplina férrea, la fuerza de la imaginación lo arrastra hasta los imprevistos, el mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo, es el antidogmático por excelencia”.
En el revolucionario de primera línea en los acontecimientos más trascendentales de la nación en el siglo XX y XXI, sobresale la actitud ante la derrota porque “aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria”.
Otra cualidad: no hay un proyecto grandioso o pequeño, en el que no se empeñe con pasión infinita, especialmente si tiene que enfrentarse a la adversidad. “Nunca como entonces parece de mejor talante, de mejor humor. Alguien que cree conocerlo bien le dijo: ‘Las cosas deben andar muy mal porque usted está rozagante’”.
Según García Márquez, su más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas, potestad que no la ejerce por iluminación, sino como resultado de un raciocinio arduo, tenaz, de análisis exhaustivos, tras la búsqueda de causas.
La tribuna de improvisador parece ser su medio ideal; comienza con voz casi inaudible pero va ganando terreno con su inteligencia, carisma, capacidad hasta que se apodera de la audiencia. “Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que solo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo”.
Y es que cuando Fidel habla con la gente en plena calle, el diálogo recobra expresividad y la franqueza de los afectos más sentidos. Por eso lo llaman sencillamente Fidel, como un amigo cercano, un padre, un hermano. Lo abrazan, le reclaman, le plantean problemas, le discuten, en un intercambio sui géneris donde prevalece la verdad sin titubeos.
“Es entonces que se descubre al ser humano insólito, que el resplandor de su propia imagen no deja ver. Este es el Fidel Castro que creo conocer: Un hombre de costumbres austeras e ilusiones insaciables, con una educación formal a la antigua, de palabras cautelosas y modales tenues e incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”, asevera su amigo Gabriel García Márquez.
Por eso sueña con los pies sobre la tierra, por ejemplo, de que los científicos cubanos logren medicamentos salvadores, o la medicina final contra el cáncer, y ha creado una política exterior de potencia mundial, en una isla infinidad de veces más pequeña que su enemigo potencial, sin vulnerar un solo principio, con la dignidad y ética como bandera.
Así es sencillamente Fidel,  el primero en el combate, el primero en el ejemplo, que dejó de fumar para tener autoridad moral para luchar contra el tabaquismo, y con la convicción de que los estímulos morales, más que los materiales, son capaces de cambiar el mundo y empujar la historia.
Tal parece perpetua la energía y meridiana claridad del Fidel del yate Granma, el asalto al cuartel Moncada, de La Historia me absolverá y los días de la guerra en la Sierra Maestra, multiplicadas  hoy en una visión de  América Latina en el futuro, que es la misma que la de Simón Bolívar y José Martí, una comunidad integral y autónoma, capaz de alumbrar como el alba y mover el destino del mundo.
Siempre avizorando, previendo, defendiendo posiciones y principios. Es los Estados Unidos el país que más conoce después de Cuba, sabe a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, un arsenal que le ha ayudado a sortear la tempestad del criminal bloqueo económico, financiero y comercial contra nuestra soberana nación.
“Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quién esté, Fidel Castro está allí para ganar”, lo reafirma su entrañable amigo colombiano, quien “al verlo muy abrumado por el peso de tantos destinos ajenos, le pregunté qué era lo que más quisiera hacer en este mundo, y me contestó de inmediato: pararme en una esquina”.
Ese es Fidel, que ha sacrificado su vida con placer por la felicidad de los demás, el que Cuba admira y quiere, y el mundo reconoce y respeta.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Desbrozando el camino por la libertad de los Cinco

Aída Quintero Dip
Lo sucedido en estos días del VII Coloquio Internacional por los Cinco y contra el terrorismo en Holguín, pone de relieve que  Cuba y los amigos solidarios del planeta  no darán tregua a este combate, porque “Mientras toda la justicia no está conseguida se pelea”, como advirtió José Martí desde pasadas centurias.
Muchos millones de personas más debían conocer la historia real de estos hombres extraordinarios, de no ser por la política orquestada por los grandes medios de divulgación masiva de occidente, remisos en negarles la popularidad noticiosa que el caso merece, y que han estado coligados cómplicemente para tender un muro de silencio que impida que sean divulgadas las verdades y sea derribada la ignominia que los condenó y aún  mantiene en prisión a cuatro de ellos.
Pero los más de 400 delegados de 50 naciones que se dieron cita en Holguín dieron tanta potencia a su voz de reclamo porque se haga justicia y prevalezca la verdad, que el eco debe haber repercutido hasta en las propias entrañas del imperio.
Hubo énfasis en nuevas exigencias al gobierno de los Estados Unidos y a su presidente, para que Obama redima el descrédito de la justicia norteamericana en el caso dando la libertad a los cuatro antiterroristas cubanos y posibilitando que René regrese a casa con su familia, pues su integridad física corre peligro en ese país.
No obstante tan crueles injusticias y arbitrariedades, nada ha hecho mella en la estirpe y entereza de estos hombres de anónimo y ejemplar heroísmo, cuyo único delito fue prevenir a su pueblo de acciones terroristas de la mafia cubano-americana, con la tolerancia de las autoridades de los Estados Unidos.
En la soledad de sus celdas, pero con la compañía y aliento de hombres y mujeres honestos del planeta, ellos no están ajenos a nada. Muestra de su sempiterno optimismo y de  su intacta capacidad de amar y de luchar fueron los  mensajes de  Antonio y Ramón que resonaron en los escenarios del VII Coloquio.
En las calles, en las tribunas y en cada espacio de intercambio estaban los familiares de los Cinco con el testimonio de primera mano de lo que han sido estos duros 13 años para hijos, esposas madres y otros seres queridos de Ramón, René, Gerardo, Antonio y Fernando.
La sola presencia de la pacifista norteamericana Cindy y de Di Celmo que perdieron a sus hijos por una guerra ilegal y por acciones terroristas, fue una denuncia contundente más allá de sentimientos, en torno a la crueldad de tales actos y de otros que se cometen ahora mismo en el mundo.
El sentir de toda Cuba estuvo en Holguín convertida no solo en capital de la solidaridad sino en una trinchera, donde voces de distintos idiomas se unieron en los afanes por lograr la unidad de los pueblos y la ansiada paz, como reflejó la declaración final del VII Coloquio Internacional por los Cinco y contra el terrorismo.




miércoles, 16 de noviembre de 2011

Por Cinco hombres de alma robusta

AÍDA QUINTERO DIP

La vida de los Cinco antiterroristas cubanos está signada por el heroísmo, sin dejar a un lado la esperanza y la ternura que anima sus corazones en los que cada día la nobleza crece, tras ese amor supremo por la Patria capaz de suscitar las proezas más inverosímiles.
Imposible es guardar silencio ante la  injusticia contra esos jóvenes, declarados culpables en fraudulento y cínico proceso  por cumplir el sagrado  deber de prevenir a su pueblo de la muerte; imposible la indiferencia ante tanta hidalguía.
Al mirar a las esposas, madres e hijos de René, Ramón, Antonio, Gerardo y Fernando y comprobar la firme esperanza que sienten de reencontrarse más temprano que tarde, recordé los versos de Neruda: Será dura la lucha/ la vida será dura/ pero vendrás conmigo.
Cronista excepcional del proceso, se convirtió René con su diario, al revelar al pueblo de Cuba los pormenores del juicio, y de todo el odio político de los fiscales hacia ellos mediante las condiciones de confinamiento, la manipulación de las evidencias y hasta el uso y abuso de la propia familia para chantajearlos.
Entre ellos hay un poeta de honda sensibilidad y lirismo, Antonio,  que escribió en situaciones difíciles su libro Desde mi altura. De esa cosecha es Regresaré, toda una profecía, un himno de combate.
Gerardo es un caricaturista de fino humor, cultura y juicios críticos en sus obras, y guarda con celo en la celda fotos de Ernesto Che Guevara y Nelson Mandela. Atesora,  igualmente, un verso de José Martí, enviado por su esposa Adriana, que lo tiene de estrella y almohada: “Para los fieles, vengan tarde o temprano, guarda Cuba  todo su amor. Para los incapaces de amarla y servirla, basta con el olvido”.
Con elevada sensibilidad, disfrutan escuchando las canciones del cantautor Silvio Rodríguez, y han hecho de  El dulce abismo y El necio, himnos de amor  y de combate, por exaltar la fidelidad y el optimismo del que ellos son vivos ejemplos.
Sus poemas, diarios, cartas llenas de amor, caricaturas, nacidos  durante el cruel cautiverio, resultan un arma letal para quienes no conocen de la honra y el decoro.
Ante la cruel injusticia que se cierne sobre ellos, sin precedente en la historia,  respondieron en su momento con alegatos como Walt Whitman en Canto a mí mismo: “Ahora,  en ese punto, me yergo con mi alma robusta”.
Por estos hombres de amor y fe en el mejoramiento humano, capaces de sacrificar su propia felicidad por la de los demás, la ciudad de  Holguín se ha convertido desde hoy y hasta el 20 de noviembre en capital de la solidaridad, donde  más de 300 amigos de unos 50 países exigen el regreso a casa de René, Gerardo, Fernando, Ramón y Antonio.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Dora Lidia tiene el corazón roto

En la barriada de Los Olmos en la Ciudad Héroe de la República de Cuba,  en Santiago de Cuba, hay una madre con el corazón roto por causa del terrorismo,  como ella hay muchas en mi país, pero a esta la conocí personalmente y no he olvidado nunca sus ojos llenos de lágrimas exclamando: “Mi vida tendrá paz cuando los culpables sean castigados, fundamentalmente el cabecilla Luis Posada Carriles”.
Tenían una carga de impotencia y dolor  esas palabras acusadoras que me conmovieron en la voz de Dora Lidia Garzón Cruzata, quien llora aún la muerte de su hijo,  José Fernández Garzón, víctima del abominable  atentado a un avión de Cubana en pleno vuelo, en octubre de 1976, en las costas de Barbados, donde perecieron 73 personas, de las cuales  57 eran cubanos.
No he podido olvidar aquella imagen, cuando hablé con ella en ocasión del 35. aniversario del horrendo crimen. Tengo grabada en mi memoria la expresión  tristísima de su rostro  por la pérdida lacerante de un ser tan querido, apretando contra el pecho la foto del hijo, como aferrada a esa reliquia de denuncia ante el crimen y el terror.
Lo que más le lastimaba era que le troncharon la vida en flor, apenas 19 años;  era un atleta de talento y de resultados, integrante del equipo nacional juvenil de esgrima en la especialidad de sable,  que aquel infausto 6 de octubre regresaba a la Patria con la medalla de oro,  ganada en una competencia realizada en Venezuela.
Han transcurrido 35 años,  pero siempre recuerda a su muchacho con tanta ternura y madurez a la vez,  muy dado a los afectos, dondequiera que estuvo dejó una estela  de cariño que todavía permanece intacta en  familiares, deportistas, amigos y vecinos.
Era versátil, serio, revolucionario, “llevaba el patriotismo en la sangre”, expresa Dora Lidia con orgullo.
Cuán embarazoso ha sido para ella sobrevivir estos años con tanto dolor en el corazón,  y su herida vuelve a sangrar cada vez que piensa que Posada Carriles, actor principal del crimen de Barbados y símbolo de la política anticubana, que se sigue paseando libre por las calles de Miami porque el velo de la impunidad lo cubre una y otra vez.
Esta madre santiaguera no ha vuelto a ser la misma desde octubre de 1976, cuando le cambiaron la vida,  le arrancaron parte de su corazón; pero “me quedan fuerzas todavía  para exigir justicia por mi hijo José y por todas las víctimas del terrorismo”.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Ese himno que me hace vibrar

Profanar un símbolo es una herejía; no reverenciarlo  es una incultura tal que raya en el irrespeto. Venerarlo y colocarlo en el pedestal más alto muestra la valía de una generación de hombres y mujeres con valores identitarios que engrandecen la especie humana.
Cuba está llena de símbolos: la Bandera de la Estrella Solitaria, el Escudo de la Palma Real y el Himno  Nacional son los más sagrados. También atesora atributos como la Flor Mariposa, la Palma Real y el Tocororo, que nos identifican en cualquier lugar del mundo.
Unos y otros se complementan,  porque encierran valores y legados; alimentan el espíritu y de hecho lo fortalecen para dar  cauce a una vida de entrega, y a las acciones más heroicas, que sin esa fuerza tal vez seríamos incapaces de asumir o protagonizar.
Cuando se está lejos de la Patria escuchar apenas la música  de esa ardiente estrofa: Al combate corred bayameses, puede provocar hasta las lágrimas. Ver izar la Bandera en lo más alto del podio olímpico o de otra competición deportiva internacional  y  contemplar al atleta recorrer el estadio abrazado a su Bandera, suscita  emociones irrepetibles, nuevas,  aunque la hayamos vivido muchas veces.
Cada uno tiene su encanto y su historia, muy vinculada al acontecer de este amado archipiélago donde nací y quisiera también morir,  para ser enterrada a la manera de la poetisa matancera y cubanísima, Carilda Oliver Labra: Con toda la tierra encima.
La música del Himno fue estrenada el 11 de junio de 1868, pero no para acompañar el combate,  sino en funciones religiosas. Días más tarde, el 20 de octubre, la música iniciada en la iglesia regresó a la Plaza central de Bayamo, donde el pueblo celebraba la victoria de los mambises sobre las fuerzas españolas. En ese momento, el patriota Perucho Figueredo pidió papel y pluma, y sobre la silla de su caballo escribió esos versos guerreros que constituyen hoy la letra del Himno Nacional.
Cuentan que cerca de la Plaza, en el lugar donde estaba confinado, por las fuerzas cubanas, el teniente coronel Julián Udaeta reconoció la música escuchada en la iglesia, y expresó: “Yo sabía que no estaba equivocado; no era música religiosa, sino una marcha patriótica”.
Hace apenas dos meses conocí la Plaza de Bayamo y me embriagó una sensación muy hermosa, al recordar que allí se entonó por vez primera nuestro Himno Nacional, esa solemne marcha que me hace vibrar cada vez que la escucho o la canto.


martes, 1 de noviembre de 2011

Estampa de mi ciudad y su gente


Soy feliz de haber nacido y de vivir en Santiago de Cuba, una de las primeras siete villas de Cuba, que siempre está, nunca falta, más bien trasciende,  y cada día me sorprende, a pesar de la advertencia del poeta  Navarro Luna: “Es Santiago de Cuba, no os asombréis de nada”.
Lauros tras lauros lo atestiguan. Por acuerdo del Consejo de Estado, se le otorgó merecidamente el Título Honorífico de Ciudad Héroe de la República de Cuba que reconoce su significativo aporte a la  libertad de la Patria  y la consagración de sus mejores hijos e hijas a esa causa, pero antes fue bautizada como la Cuna de la Revolución, un calificativo que resalta que por allí nació una epopeya.
Pero Santiago de Cuba se distingue también por sus puertas siempre abiertas a la guitarra y sus casas que nunca se cerraron para dar abrigo a los jóvenes perseguidos por sus acciones revolucionarias en tiempo de clandestinaje. Motivos más que suficientes para venerarla y para que alrededor suyo se haya tejido una leyenda.
Laureles y características que imprimen un sello especial a una urbe añeja y rejuvenecida, que ejerce cierto hechizo  entre sus nativos y en quienes la visitan, sobre todo, por la hospitalidad e idiosincrasia de su gente llana y sincera.
Fundada el 25 de julio de 1515 por el Adelantado Diego Velázquez, mucho se ha hablado y escrito de esta ciudad. Abundan los testimonio de  su vida, obra e historia como las famosas Crónicas a Santiago de Cuba,  de la autoría de Emilo Bacardí, su primer alcalde, que en una de sus más conocidas valoraciones la calificó de muy noble y leal.
Me enorgullece también esa otra frase  -casi célebre-  de rebelde ayer, hospitalaria hoy y heroica siempre, que la simboliza para todos los tiempos ante los ojos de Cuba y del mundo. Cada uno de los nacidos en esta tierra lo asume, además,  como un elogio a su persona.
A Santiago de Cuba y a sus pobladores los aprecian por la proverbial  hospitalidad. Ese sentimiento solidario  nació de la necesidad de servir, de ser útil a los demás;  no es una imposición ni una carga, es un don manifiesto que cada santiaguero lleva con orgullo descubierto.
Es una obra cimentada por los padres,  abuelos y bisabuelos de la generación que anda hoy por sus calles estrechas y empinadas.
Como la niña de los ojos se cuida esa virtud,  que tiene mucho de tradición y puede traducirse en ese buchito de café que el vecino te brinda a plena mañana o al atardecer, o el consejo que te piden  sobre la hija o el nieto que tuvo algún problema, con la confianza de que estás analizando un asunto en una verdadera familia.
Un ser jaranero y jovial, de espíritu emprendedor, alegre hasta en tiempos de adversidad y necesidades materiales, con el chiste a flor de piel para hacer de la vida un acontecimiento placentero y feliz, colaborador sin otra cosa a cambio que no sea la felicidad de servir: así es el santiaguero de pura cepa.
Esa estampa no estaría completa sin destacar el buen corazón que tiene en medio del pecho, su nobleza y altruismo, indicativo de la disposición a dar siempre a cambio del bienestar de sus congéneres, dejando huellas de amor por todas partes.